Como ya os dije en Facebook, poco a poco cerraremos esta historia. Por ello, hoy nos adelantamos medio mes y os dejo esta segunda capitulación de una historia que no os dejará indiferentes.
¿Será de Véronica? ¿Qué está pasando en Sand Hill?
¿DOS?
‒Ven aquí. No te vas a
escapar tan fácilmente, rubia.
‒¡Déjame!
Sabes que odio las cosquillas. Y no me gustan estos juegos entre las sábanas.
‒Antes
si lo hacían. Incluso cuando recorría tu piel lentamente con mis manos. Así
descubrí ese lunar tan bonito y original que tienes en el codo…Ahora no me
dejas ni tocarte. Todo es tan frío.
‒Por
favor Juanma. Es muy temprano y sabes de mi mal humor por las mañanas. No me lo
tomes en cuenta.
‒Yo
solo quería verte reír, Verónica. Es lo único que me hace feliz.
‒Lo
siento mi amor. Te prometo que esta noche te lo compensaré, ahora debemos irnos
a trabajar. Las facturas no se pagan solas.
De rodillas, y siguiendo el balanceo de aquel trozo de carne
muerta salpicando sangre y agua sobre la tierra mojada, Juanma recordaba la
última vez que vio a su ex y las últimas palabras que le dijo: “Siempre me llevarás
contigo, pues esa mancha en tu brazo no es un lunar, es mi corazón, mejor que
un tatuaje”.
Esa misma noche, cuando llegó a casa, Verónica había
aprovechado todo el día para hacer sus maletas y llevarse todas sus cosas.
Hasta aquel estúpido gatito de peluche, que en la feria del pueblo, insistió
que le consiguiera con esas escopetas tan ortopédicas.
No, no podía asimilar que ese brazo que tantas veces le rodeó,
que esa mano que tantas veces le acarició, ahora estuviera bailando como el
propio Gene Kelly en “Cantando bajo la lluvia”.
El terror siempre se ha caracterizado por sus infinitas capas.
La primera, ese escalofrío eléctrico, un rayo fugaz que te pone en alerta; la
segunda capa es más gruesa, la que soporta todo el estupor en su más pura
esencia; la tercera es una mezcla de sorpresa y asimilación; y por último, la
cuarta, la peor de todas, el cómo y el por qué.
Temblando, mirando derredor con la misma velocidad que un
aspersor y los nervios acumulándose en su garganta, tragó como pudo ese último
hálito de incredulidad y se puso de pie.
Quizás
no sea el suyo ‒pensó‒. Pero, joder, aunque no lo sea, es un brazo humano. ¿Qué
hace ahí? El tiempo que lleva es evidente, apenas unas horas. Este lugar suele
estar cuidado y bien conservado. Alguien lo hubiera visto y esto ya estaría en
todas las noticias y las redes sociales del país en segundos.
Alguien
me ha seguido. Alguien sabe que venía hasta aquí. ¿Pero quién? Y si este brazo
es de Verónica, ¿por qué la ha matado y lo ha traído hasta aquí? ¿Alguno de sus
amantes? Pero, ¿por qué me deja a mí este mensaje? Fui la última mierda que
pisó antes de dejarme.
El traqueteo de preguntas en su cabeza empezaba a rasgar su
cerebro como unas uñas afiladas sobre una pizarra. No podía ordenar sus
pensamientos, así que se acercó hasta la soga y comprobó lo inevitable. No se
atrevió a cogerlo, cogió una rama gruesa del suelo y paró el balanceo, se
acercó y las lágrimas dieron paso al epílogo, al corazón de la última capa del
terror, la pérdida definitiva de la persona a la que más amó en su vida.
Algunos os preguntaréis el sinsentido de aquellos
sentimientos. ¿Qué más da si era de ella o no? Esa zorra le abandonó como a un
perro en plenas vacaciones de verano y le llevó, curiosamente, a ese lugar para
abandonar la tierra de los vivos para siempre. No podía evitarlo, la amaba…pero
una parte de él, la odiaba por igual.
Me
llamabas egoísta. He llegado hasta aquí por ti y cuando decido reunir el valor
suficiente para acabar con mi vida, tú y solo tú, decides adelantarme por la
calle de la derecha y antes de irme, me das la última puñalada trapera, el
último estoque: No dejarme morir en paz.
¡Maldita
hija de…! Me acabas de robar las fuerzas. Ahora no puedo irme sin saber lo que
te ocurrió y quién te hizo esto. Ese alguien debe estar todavía aquí….¿pero?
El cielo seguía medio encapotado a pesar del escampe. El
silencio abría sus puertas y dejaba a una leve brisa helada que rodeara aquel
valle, dejar su sello. De pronto, un leve sonido, ínfimo, hizo acto de
presencia, mezclado con el vaivén de las hojas de los árboles que a lo lejos
parecían saludarle…simulaban el crepitar de unas pisadas cortas. A su espalda
notaba que alguien o algo, se acercaba, cada vez más. Giró sobre sí mismo y no
vio nada. Una leve vibración se hacía poco a poco con el control de su cuerpo
desde las puntas de los dedos de sus pies, hasta el último bello de su nuca.
Corrió, sí, empezó a correr, sorteando cada una de las tumbas
y cruces que minaban aquel campo santo ficticio. No sabía el porqué, pero el
miedo lo empujaba a seguir sin mirar atrás. Tras varios metros recorridos y sin
darse apenas cuenta por el temblor y la tensión acumulada en su nuca, quedó al
descubierto de esa presencia en el centro circular empedrado. A su merced…De
nuevo, un leve rumor. Parecía un llanto, un lamento acumulado en una botella de
esas que guardan magistralmente un barco en miniatura…
‒¿Por
qué?
«¿Quién cojones?…» Juanma lo oyó claramente. La típica
pregunta de la que se apodera un niño pequeño cuando empieza a cuestionarse las
primeras incógnitas de su vida. Por desgracia para nuestro protagonista, o
quién sabe, si por fortuna, aquel lamento no poseía la misma cadencia inocente
infantil. Gruesa, arrastrada en su contexto, sin poder dilucidar su sexo, el
timbre de aquella simple pregunta era una desgarradora súplica en el tiempo.
‒¡Vale!
¡Como broma ha estado muy bien! ¡Seas quien seas, casi consigues que me cague
en los pantalones, pero déjalo ya!
‒¿Por
qué?
De nuevo y a lo lejos,
aquella mortífera cuestión, cortaba el aire en el ambiente y el oxígeno en los
pulmones de Juanma. Sin tiempo para asimilar nada y con la misma rapidez que el
aleteo de una mariposa, una sombra hizo acto de presencia a centelladas de
entre las pocas cruces que separaban el empedrado de las Nike del senderista. El
cielo, tapado con su edredón de nubes opacas, apenas dejaba un resquicio de luz,
pero el suficiente para hacerse notar aquella inconfundible melena dorada,
larga y rizada de ….
‒¿Verónica?