Recuérdame

«Recuérdame, maldito gilipollas». Esa será definitivamente la frase que ponga en mi epitafio. Ya me gustaría poner algo a la altura de la genialidad de Groucho Marx, pero no me merezco tan ilustre distinción.

Recuérdame, maldito gilipollas cuando conozcas a alguien y le des tu corazón sin pensar en las consecuencias. Recuérdame que la amistad no es una de esas cosas que ya no utilizas y la regalas por cuatro perras en Wallapop. Rercuérdame, maldito gilipollas cuando estés en medio de un conflicto y se te ocurra meter las narices y oler la mierda en culo ajeno. Tú solo te perteneces a ti mismo. Recuérdame, maldito gilipollas cuando intentes morderte la lengua y no escupir todo el dolor que llevas dentro y solo quien te conoce de verdad, sabe lo que será de ti en tus próximos meses de vida. Recuérdame, maldito gilipollas cuando creas que todo el mundo tiene derecho a opinar sobre tu vida privada por culpa de tu enorme y estúpida bocaza. Sigue creyendo en los demás y en su capacidad para no utilizar tu vida, tus secretos y confesiones íntimas en el arma de destrucción masiva y eterna de tu esperanza en la raza humana.

Pero sobre todas ellas, recuérdame maldito gilipollas cada vez que si quiera pienses en publicar en las redes sociales la rastrera y patética forma que tienes de dar pena a los demás y necesitar en tu alma de Lucifer, el beneplácito y la palmadita en la espalda de quién crees parte de tu vida. Tú, maldito gilipollas, tú eres lo importante y solo tu FAMILIA, la que nunca te va a abandonar y siempre va a estar ahí; tus AMIGOS de verdad, que no se casan con tus lágrimas ni mendigan tu amor, diciéndote todo lo que haces mal y sobre todo, esos que son tus amigos tanto arriba como abajo de la ola. Sin condiciones, con tus defectos por encima de tus virtudes y no esa exaltación de la amistad barata cuando bebes de la cerveza casera del engaño que crean para embriagarte; y sobre todo, en tu mujer, maldito gilipollas, la verdad por encima de todas y la que te da dos bofetones de realidad cada vez que te vas a Mordor, Westeros o Howarts. No puedo obviar a mis hijas, una que me da diez vueltas con tan solo 16 años y otra que con tan solo 2, te muestra a través de su sonrisa lo que es la pura realidad del amor y la verdad que tanto añoramos los adultos: la inocencia.

Esta última, en cierto modo, no la he perdido. Por ella y por mi puto afán de amar a los demás por encima mío, son las que te han llevado ahora mismo a teclear esto a las 2:00 pm de un puto 3 de agosto de 2019 con un Gin Tonic de por medio. Ahora podría estar tranquilamente terminando el sexto capítulo de una historia que solo se lee la gente más fiel, esa que para mí es un tesoro sin parangón y que abultan mi alma como si fueran tres millones.

Sin embargo, hay cosas que no te voy a pedir que me recuerdes, maldito gilipollas. Yo soy yo, así, sin tapujos ni medias tintas y me suda los santos cojones que la gente se ria de mí por mi espontaneidad, mis locuras, mis gilipolleces o lo que sea. No lo hago por caer bien a nadie, soy así. Y sí, yo a eso le llamo valentía, tan cobarde que soy. Tengo sentido del ridículo y no me afecta lo que digan los demás. Las carencias de uno mismo, no se escupen en el plato del de al lado para intentar envenenar su alma.

Asumo todos y cada uno de mis errores. OJO, no me estoy insultando para dar pena, es lo que soy: Soy un bocas, un payaso (con orgullo), un fiel seguidor de la diversidad y el respeto de los pensamientos ajenos (siempre que no atenten a la integridad humana), soñador hasta la cursilada, romántico hasta la contradicción más absoluta (viviendo en una montaña rusa de emociones cada cinco minutos…en esa atracción tengo pases gratuitos hasta que me muera). No soy perfecto ni quiero serlo, y por mucho que ladren, soy HUMILDE. Tanto, que por culpa de ello me tachan de pobre perdedor con falta de autoestima y necesitado de cariño como un perro abandonado. ¿Traumas? solo uno y ese no se lo deseo a nadie y es mío, solo mío. Me quiero (me gustaría estar como Momoa, pero esto no es DC) y mucho, me admiro en ciertas ocasiones y no peco de egocentrismo jamás, porque esa admiración la saboreo cuando veo que he ayudado a alguien, aunque sea simplemente por escucharle, aconsejarle o darle una puta pastilla para el dolor de cabeza. Los gestos, los inmensos gestos se concentran en pequeños botes de cristal de Bohemia y que solo unos pocos saben valorar y ver. Con vosotros me quedo: hoy, mañana y siempre. Sabéis quienes sois y jamás debéis echarme de menos. No hay veneno mortal sin el antídoto del amor.

Óscar Lamela Méndez

  1 Comentario

  1. Anónimo   •  

    Precioso, preciso, conciso, directo.

    Gracias por este regalo. Por este relato. Por esa reflexión.

    Y muy bien escrito. No sé te da mal eso de la pluma, cabronazo!!!.

    Un abrazo, Óscar

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