Reflexiones en 8mm

 

Abrimos una nueva etapa en esta web y que mejor manera de hacerlo que con nuevas incorporaciones. En esta ocasión, nos acompañarán los autores (padre e hija) Javier V. García y Ginebra Vilar. En esta sección nos hablarán del séptimo arte, pero desde un punto de vista diferente y fresco. Reflexiones en 8 mm, abarcará el cine clásico y su magia de la mano de Javier y la perspectiva profesional de Ginebra, centrada en lo que se cuece detrás de la cámara y todo lo relacionado con el rodaje de un film.

Ambos intercalarán sus artículos e incluso los harán en conjunto para dar más versatilidad y juego a la sección.

¡¡Cámara y acción!!

Una labor en la sombra

He pensado muchas veces en este tema, pero estoy seguro que puede levantar ampollas el tratarlo, puesto que se que voy a tener en contra a muchos cinefilos puristas. Pero como el resto de mis artículos, todo está tratado desde un punto de vista emocional, de recuerdos, vivencias y horas y horas delante de pantallas disfrutando del cine.

Ya es el momento de decirlo. Voy a hablar del doblaje, en España, por supuesto, que es donde lo he vivido y conocido.

La herramienta de estos artistas

Yo me crié como he contado ya viendo pelis clásicas en blanco y negro en casa y visitando los cines cada semana, por lo que he sido una esponja en cuanto a cine y todos sus géneros.

El doblaje en España se instauró en los años 30 y 40 del siglo XX, imagino que una de las causas era la escasa alfabetización de la población general, algo que hubiese hecho imposible entender un film con los subtítulos, por lo tanto se generalizó esa práctica y se volvió lo usual. Los actores que se encargaban de ello lo hacían en oscuros cuartos, todos apiñados y declamando el texto con las imágenes delante.

Recuerdo muy bien, cuando en un documental, hace muchos años, escuché por primera vez a Humphrey Bogart interpretando en su idioma y , lo lamento, pero lo primero que pensé es que: ¿Cómo alguien con aquella voz podía hacer de tipo duro en las películas?, puesto que su tono era muy similar a la del pato Donald. Aquel descubrimiento me impactó, tanto que os aseguro que intenté conocer las voceas reales de consagradas estrellas de la pantalla y lo lamento mucho, pero sufrí más decepciones, no todas claro, si que hay artistas que lo hacen muy bien, pero no se si será el inglés (no digamos ya los idiomas orientales que cuando sufren parece que estén enfadados con el mundo) pero sus frases, sus locuciones son diferentes a nuestro sentir, por eso mismo escuchar lo que dice Bogart de los labios de José García Guardiola me impacta más.

Guardiola en pleno doblaje

Ver como llora, ríe o se enoja un actor o actriz escuchando su sentimiento en castellano, le añade un plus. Cierto es que no siempre ocurre, no os voy a negar que hay ciertas películas que su doblaje es patético, desde los ochenta y dada la explosión de films de todos los géneros y subproductos, se produjo que a la par que la cinta era de serie B o Z su doblaje se unía a esa calidad, cosa que notábamos, pero quizá por la ingenuidad de todos, nos importaba poco en ese momento. Ahora las vuelvo a visionar y me doy cuenta de lo malo que era aquel doblaje. Me planteo aquella situación e imagino que había dos motivos, primero que si la peli era de bajo presupuesto, pues no podían pagar a dobladores en condiciones y la otra es que por la cantidad y la premura en estrenar se tenían que quedar con lo que podían obtener si querían lanzar la cinta en la fecha indicada.

No puedo dejar de admitir que no se si será lo deseable, pero a mí, en lo personal, me parece mejor, puesto que, admitido por mucha gente, el doblaje en España es de los mejores.

Estar de espaldas o lejos de la tele y escuchar una película y por los dobladores puedo hasta reconocer a que década pertenece lo que están emitiendo, son unas voces muy características las que sonaban en distintas épocas, puesto que las de grandes producciones lo hacían los mejores y siempre estaban adjudicadas las voces a los mismos actores, haciéndolos así más reconocibles y familiares.

Eso siempre se ha hecho y se continúa haciendo. ¿Quién puede decir que no sabe que está Bruce Willis en la pantalla si oye a Ramón Langa? o que Clint Eastwood esta en escena si escucha al malogrado Constantino Romero, de esos ejemplos miles, como los dobladores que tiene adjudicados a Johnny Deep, Morgan Freeman, Anthony Hopkins, Julia Roberts y un largo etc.

Ramón Langa

Constantino Romero

Incluso en películas españolas se ha doblado a actores y actrices que no eran capaces de interpretar con la voz, algo habitual en las décadas 70/80 del siglo XX.

Toda esta larga reflexión a algunos os hará asentir dándome la razón y a otros llevaros las manos a la cabeza pensando como me atrevo a llamarme cinéfilo si afirmo tales cosas, por eso os dejo dos ejemplos de personas a las que seguro admiráis que me apoyan.

Alfred Hithcock dijo el doblaje hace perder un 20 por ciento de una película y los subtítulos un 40 por ciento, por lo cual el doblaje es un mal menor.

Otro director muy respetado y admirado dijo en muchas ocasiones que estaba a favor de los doblajes de sus films, que le daban un toque que mejoraba la obra, ese no era otro que Stanley Kubrick.

Con esto no busco justificación, solo demostrar que no estoy solo en esto. Yo reconozco que me pierdo mucho si tengo subtítulos en la película y de idiomas solo domino el castellano y el valenciano, el resto no me da para ver una cinta.

Esta batalla estará siempre en marcha y aquí solo trato de dar mi visión del tema. De como alguien que se crió viendo cine en su adolescencia de los 80 y devorando clásicos en la televisión desde muy pequeño, gozó de esas interpretaciones que le hacían saber lo que sentían y pensaban los personajes.

Sobra decir que en este momento, dada la explosión de plataformas, series y canales temáticos, el trabajo de estos ha crecido mucho y la gente siempre espera a que la serie o película esté doblada para verla, por algo será (y ahora saltan los puristas tratando de rebaño a los que hacen tales cosas, pero me da lo mismo).

Aplaudo un trabajo a oscuras, desgastando ojos por esa oscuridad y por mirar a la pantalla en todo momento para cuadrar la palabra con los labios del intérprete. Algo que imagino costará más de lo que puedo sospechar.

Yo, con mi modesta opinión les aplaudo y les agradezco su trabajo, pero a los que no lo ven bien, también os aplaudo por disfrutar de una manera diferente a la mía. Esa el la libertad, puesto que los que gustamos del doblaje nunca criticamos a los que prefieren lo opuesto, no así algunos de los otros, que nos ven como inferiores respecto al cine.

Que cada cual vea las películas como prefiera yo lo tengo claro.

Un saludo a los que les gusta el doblaje y otro a los que disfrutan de la versión original en serio.

Os recomiendo el documental voces en imágenes, se conoce mucho de ese arte.

 

Voces en imágenes

 

Javier Velar García

 

 

La magia de la fotografía en el cine

 

Dime, cuando vas a la peluquería con un corte de pelo en mente, incluso con imágenes de ejemplo para el peluquero y, por suerte, sales del salón con el cabello tal y como lo querías, ¿Le dices a la gente que te has cortado el pelo tú? ¿Consideras que el corte de pelo es tu creación? Lo mismo sucede cuando creemos que el peso de toda una película recae en el director.

Muchas son las personas involucradas para que un film salga adelante, pero en este caso, vamos a hablar de uno de los grandes olvidados: el director de fotografía (DOP).

La fotografía es el recurso expresivo del cine más efectivo, un director de fotografía expresa con la iluminación las palabras del guion. Es luz, sin luz no existe imagen. Recordemos que el cine es su hermano, porque el séptimo arte son imágenes en movimiento.

La fotografía de una película es luz, sombras, color, encuadres, composición, movimiento y un compendio de conocimientos técnicos, que unidos a la parte más artística, hacen al espectador sentir, emocionarse y comprender lo que vive el personaje de esa enorme pantalla.

Aquella primera proyección del tren de los hermanos Lumière que, según cuentan, asustó a todos los que la vieron no fue, sino, por la fotografía, porque también es jugar con las líneas reales y ficticias de una toma; y es que el famoso tren no cruzaba la pantalla de izquierda a derecha, sino que iba en diagonal directo a los espectadores.

La llegada de un tren de los hermanos Lumière.

Los hermanos Lumière.

Avanzando en el tiempo, podríamos hablar, o escribir, durante horas, de la maestría de la utilización del verde y el rojo en Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock, donde prima la psicología de dichos colores, convirtiendo la película, en muchas de las escenas más importantes, en un film casi bicolor. Pero esto no es obra de Hitchcock, sino del director de fotografía, Robert Burks y el gran maestro de títulos de crédito, Saul Bass, quien se convirtió en un asesor visual para el director.

Vértigo de Alfred Hitchcock.

Debemos agradecer a Janusz Kaminski, el director de fotografía de La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) el habernos hecho tener el corazón en un puño por tomar la sabia decisión de hacer el film en blanco y negro, porque es como todos tenemos en el imaginario colectivo la Segunda Guerra Mundial, la maestría de utilizar la cámara al hombro para hacer las tomas mucho más humanas y, sobre todo, por mostrarnos a la niña del abrigo rojo, el único color en toda la película, en el centro de todo el caos, representando la vida en medio de la muerte, un símbolo que nos rompe en mil pedazos en la famosa toma del carro.

La lista de Schindler

Spielberg y Kaminski.

Gordon Willis es el responsable de la fotografía de la trilogía de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972, 1974, 1999). La primera parte de esta trilogía de mafiosos por excelencia fue un antes y un después dentro de la fotografía, pues se solía intentar sobreiluminar para poder proyectar en los concurridos autocines estadounidenses y llegó Willis para hacer todo lo contrario: no iluminar.

Director y director de fotografía.

“No es lo que iluminas, es lo que no iluminas. Eso es lo que te distingue de los demás”. Jordan Cronenweth, DOP de Blade Runner (Ridley Scott, 1982).

El mismo Willis fue quien dijo que iluminar de manera tan oscura la película fue debido a la necesidad de querer representar el mal en su máximo exponente, mostrando a un Vito Corleone oscuro y tétrico. La elección de iluminar de manera cenital (directamente desde arriba) en las escenas interiores nos hace imposible ver la mirada nítida a ninguno de los mafiosos y, como dicen, los ojos son el espejo del alma.

El padrino.

Orson Welles tenía claro que en su primera película, Ciudadano Kane (1941) debía trabajar con uno de los directores de fotografía más innovadores del momento, el gran Gregg Toland, quien consiguió ser el DOP más joven de Hollywood, con tan solo 27 años. Toland llevó a la gran pantalla lo que Welles tenía en la cabeza, y consiguió lo que ambos querían: que la luz fuese protagonista.

Gregg Toland resolvió todos los problemas técnicos que se planteaban ante la idea de Orson Welles. Los tres innovadores pilares de la fotografía de Ciudadano Kane son la gran profundidad de campo, todo dentro del plano está perfectamente nítido, haciendo que el espectador crea que se encuentra en un teatro. Jugó con objetivos angulares, por lo que los objetos y personas que nos encontramos más cerca en el plano, son mucho más grandes que los que están lejanos, ¿recordáis ese ambiente extraño que nos hace sentir el film? Los angulares son los culpables, junto con la utilización de las sombras, la gran importancia de lo que no está iluminado, ayudando así a crear mayor dramatismo y dar valor psicológico a las escenas, guiando, también, la mirada del espectador.

Escena de Ciudadano Kane.

Dos genios inigualables.

Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que Toland y Welles tomaron de referencia El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920) o Nosferatu (Friedrich Wilhelm Murnau, 1922), obras cumbre del Expresionismo alemán junto con Metrópolis (Fritz Lang, 1927).

Welles estuvo tan satisfecho con el resultado visual de su ópera prima, que en los títulos de crédito finales, puso su nombre junto al de Toland, cosa que no ha vuelto a pasar jamás en la historia del séptimo arte.

Créditos de Ciudadano Kane.

 

Como hemos mencionado al principio, la dirección de fotografía son también los movimientos de cámara y su hijo predilecto es, sin lugar a dudas, en plano secuencia que, aunque actualmente sirva en demasiadas ocasiones tan solo para mostrar las destrezas técnicas y logísticas del film, no podemos olvidar que es un fuerte recursos narrativo donde el operador de steadycam (sí, esa persona que se carga encima kilos y kilos de cámara, un brazo articulado y tiene todavía menos reconocimiento que el operador de cámara principal), supeditado a su superior de equipo, el director de foto, crea planos secuencias tan interesantes como el de Uno de los nuestros (Martin Scorsesse, 1990) donde Michael Ballhaus (DOP de Goodfellas) nos hace adentrarnos, literalmente, en el mundo del crimen organizado a través de la cocina del restaurante. Sin duda, es toda una analogía.

Plano en secuencia de Uno de los nuestros.

La sensación de asfixia y opresión que sentimos al ver el plano secuencia de El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980) donde seguimos muy de cerca a Danny recorriendo los pasillos del hotel en su triciclo.

Aunque para mí, el mejor plano secuencia como forma de presentar a un personaje y su relación con lo que le rodea, es el inicio de Snake Eyes (Brian De Palma, 1998) con esos casi trece minutos de plano que, junto con la gran actuación de Nicolas Cage, nos hace partícipes del caos que hay en una velada de boxeo, casi anunciando con lo agitado de la secuencia que algo no va a salir bien. En todo lo que dura el plano, los espectadores, caminamos, nos paramos de golpe y conocemos en profundidad cómo es Rick.

Algunos podrán decir que en esos minutos hay varios cortes y que, si eres un pureta del cine, no lo deberías considerar un plano secuencia per se, pero, ¿acaso se notan a simple vista? Para mí no resta dificultad ni importancia ya que la sensación como espectador es la de un verdadero plano secuencia, con las mismas técnicas de escondite en los cortes que tiene La Soga (Alfred Hitchcock, 1948).

Nicolas Cage en Snakeyes.

El director de fotografía es capaz de construir con luces, sombras, planos y movimientos un ambiente de terror, de esperanza o desesperación. Es capaz de conseguir que los espectadores comprendamos sin palabras qué es aquello que está sintiendo el personaje. El director de fotografía nos cuenta la película con lo que vemos y lo que no podemos ver. No nos habla directamente a nosotros, sino que nos habla al subconsciente y al alma, y eso, para mí, es la magia del cine.

 

Ginebra Vilar

 

 

Un canto a la esperanza

 

Todos los que me conocen, saben que mis gustos en cuanto a cine son muy diversos aunque he de reconocer que piensan que soy algo macabro en mis preferencias. Pocos saben que mi infancia estuvo nutrida de cientos de filmes clásicos en blanco y negro, los disfrutaba junto a mi madre. Entre toda aquella amalgama de títulos y géneros hubo una película que me marcó, hasta el punto que todos se sorprenden cuando la pongo en el número uno de mi lista de favoritas, esa no es otra que “Qué bello es vivir” (1946) de Frank Capra, de este director podría hacer más de un artículo, pero eso lo dejo a mi buen amigo Oscar, que controla muy bien la historia de los directores.

Frank Capea, director de cine

Yo en cambio os quiero hablar de las cosas que sentía y siento al visionarla.

Mis recuerdos con ella son en casa, con mi madre al lado, en silencio para no perdernos nada. Su comienzo es lo único que me descoloca algo, ya que esa conversación entre Dios y un ángel primerizo es algo que sorprende, pero ahora mientras la recuerdo, aquel doblaje antiguo lo suple, ya que disfruto mucho de aquellas voces del cine de antaño y sus tonalidades tan peculiares, (George Bailey es el actor y televisivo Jesús Puente) algunos se pondrán las manos en la cabeza pensando que un buen cinefilo no puede estar a favor del doblaje, pues lo estoy, quizá sea porque me he criado con él, pero disfruto y lo único para lamentar es que ahora van quedando pocos maestros de dicho arte. Pero eso es otra historia (como dirían en Conan).

 

Como decía al comenzar, ya empiezas a conocer la historia de George Bailey, desde niño ha sido un buen chico, hasta recibe unos golpes por evitar un envenenamiento. Ya de adulto todos sus sueños se van desvaneciendo por dejar que otros vivan sus ilusiones y anteponer el bienestar de los demás. 

Esa actitud ante la vida es la que me fascina de ese personaje, siempre me preguntaba si alguien así podría ser real, viendo como el mundo es tan egoísta, tan poco solidario, donde para quitarnos ese pellizco en el corazón ante el sufrimiento, damos unos euros a alguna asociación y así nos sentimos los más buenos del mundo, con eso, podemos cambiar de canal cuando en la tele sale el dolor ajeno, que hay que ver el nuevo episodio de nuestra serie favorita, no nos puede quitar tiempo.

Toda la cinta es un derroche de la bondad de George, ya pueden hacerle mil cosas, como dejarle sin estudiar cuando quería, abandonar sus deseados viajes y quedarse en Bedford Falls a seguir el negocio de su padre, prestando dinero a bajo interés para que todos puedan tener su propio hogar. Cuando se enamora de Mary, piensas que al menos en esa parte va a ser feliz, y gracias a como es, mucha gente esta contenta de verle enamorado y sus amigos crean en su casa una especie de luna de miel que ellos no se  pueden permitir.

Es de lejos la persona más querida del pueblo, todos le saludan con una sincera sonrisa.

Llegados a este punto siempre sentía una sensación de bienestar, todos sus sacrificios eran recompensados con el amor de su gente, de sus vecinos, me hacía pensar que ser buena persona era algo bonito, disfrutaba a cada buena acción del protagonista (increíble actuación de James Stewart).

Llega en tramo final de la película, donde por perderse un dinero están a horas de quebrar y que su empresa se la quede el banco de la ciudad, dirigido por el malísimo de turno (otro increíble Lionel Barrymore).

Ver la desesperación del personaje me desarmaba, vivía con él la angustia de descubrir que todo lo construido con su sacrificio se derrumbaba, en pocas pelis he sentido tal sensación de agobio, casi le grito a la pantalla que no puede desaparecer todo su esfuerzo.

Llegaba a entender su ira, su rabia y su solución, aún siendo como era, piensa que si no existiera no ocurriría ese desastre.

Ahora viene lo fuerte, tras intentar suicidarse, se le concede la oportunidad de ver como sería su mundo sin él. Reconozco que al tiempo que sufría viendo que no lo conocían, sientes que alguien así es imprescindible ya que ve que nadie en su pueblo es feliz.

No podéis imaginar el alivio que sentía cuando vuelve a la realidad, ya todos sabemos que él ha sido el pilar fundamental para que ese lugar sea un sitio habitable y con buenas gentes.

Ahora llega donde irremediablemente y cada vez, me derrumbo y sin pudor confieso que mis ojos se humedecen a la velocidad del rayo (de hecho estoy escribiendo esto y siento un nudo en la garganta).

Las gentes del pueblo se van enterando del apuro de George y todos, sin excepción acuden raudos en su ayuda, su casa se llena de agradecimiento y amor, no acuden por compromiso, no, van porque ha sido una parte fundamental en la vida de todos, saben que sin él su localidad no sería el sitio idílico que es ahora. Algo tan vulgar como es el dinero llueve en casa de George, todos se desprenden de ese papel si con eso ayudan a quien siempre ha estado ahí.

Reconozco que una sensación plena de felicidad llena mi corazón cuando veo esa escena. Todo se ha arreglado, incluso Clarence, su ángel, ha conseguido sus alas al ayudar a George.

Director y actor en un descanso del rodaje

Es posible que hayan otras películas que reflejen amor y solidaridad, pero al menos para mí, nunca tan logrado, con tanto sentimiento. El pueblo le debe mucho y no duda en responder y hacer una piña a su lado, todo se ha resuelto y solo queda cantar felices.

Repito que podría ponerme a hablar de fotografía, planos, guión, pero la verdad, eso me importa poco, esta cinta hay que disfrutarla con el corazón, sentir que quizá quede esperanza en un mundo que le resbalan los sufrimientos ajenos, si al menos intentásemos ser un poquito como George o al menos como sus vecinos, puede, digo puede, que el futuro fuera algo más esperanzador.

Para mí, esta peli eleva la esperanza y te hace pensar que la buena gente ha de tener su recompensa, pero no con dinero, sino con más amor y más compromiso.

Suelo verla más de una vez al año, pero sobre todo cuando estoy flojo de moral o no entiendo algo (ya podéis imaginar que tipo de dudas) es llegar a la última escena y mi sonrisa esta pegada a la cara y hasta creo en la bondad de las personas.

 Podéis llamarme iluso y puede que lo sea, pero no me quitéis la idea que el bien llama al bien y este film es justo eso, una llamada a la esperanza y a la bondad. Si alguien me esta leyendo y no me entiende, pues, no la ha visto o la ha olvidado, en cuanto acabes, ya tardas en revisionarla y ensanchar tu corazón y a saber valorar a quienes se sacrifican por lo demás sin esperar nada a cambio, se lo debemos todo.

¡¡¡Qué bello es vivir!!!  la llamada a la esperanza en mayúsculas.

 

Javier Vilar

Cuando el cine era sorpresa

 

 

 

Hoy, como otras veces, he leído por redes sociales, noticias sobre una película que va a ser estrenada el próximo año. Eso me ha hecho reflexionar, retrotraerme a mi adolescencia, cuando nada de eso existía, me refiero a, los hoy añorados años ochenta, época en la que no podíamos ni imaginar todo lo que sucede hoy.

Cines de barrio de reestreno

Recuerdo muy bien, que en mi barrio, uno de las afueras de Valencia, teníamos nada menos de cuatro cines de los que se llamaban «de reestreno»  lo que significaba que  era filmes que habían sido estrenados meses antes y que ya su periplo por los cines importantes había terminado, dado que la inmensa mayoría de títulos no eran lo que hoy llamaríamos «blockbusters»  ni grandes producciones, esa era la sorpresa, para conocer lo que que programaban solo teníamos la opción de acercarnos al edificio en cuestión, algo así como una peregrinación por los diferentes cines a ver los carteles. (Luego descubrí que cerca de mi casa tenía de vecino a un pintor que se dedicaba a hacer los grandes carteles para los cines de mi ciudad, pude contemplar como pintaba uno de Rambo III). Aquellos carteles, como después los del videoclub, eran muy llamativos, impresionantes mezclas de alguna escena importante, las caras de los protagonistas y el título escrito con grandes letras. Bajabas la mirada y al lado de la taquilla aquellas instantáneas de un fotograma de la película con el título pequeño al lado.

Cartel de la película

 

No podías consultar nada de la cinta en cuestión, solo podías confiar en esos carteles y reclamos, seguir tu instinto, esperar que no fuese engañoso, cosa que no era raro, solo estabas algo más seguro si conocías al protagonista; de aquel tiempo te fiabas de Jackie Chan, Stallone, Arnold, Chuk Norris, etc. También confiabas en el boca a boca y cosas similares.

La entrada en aquellos lugares era algo así como una ceremonia, te cortaban la entrada y llegabas a una sala, que era, o al menos en mi niñez parecía, enorme, flanqueada de carteles de películas ya exhibidas, que admirabas y de las próximas que mirabas con ansia, luego el paseo por el bar del lugar, donde los que como yo, íbamos algo justos de dinero, nos mirábamos los bolsillos para ver lo que podíamos comprar, no se llevaban las palomitas ni nada caliente, solo podías optar por refresco (la cola era prohibitiva para mí y optaba por la gaseosa, lo más barato) y frutos secos o algún tipo de «snack», aparte era cuando tu madre te había preparado la merienda con un bocadillo que degustabas sin pudor en medio de la acción de la película.

Por supuesto las clasificaciones estaban para saltarlas, tú habías pagado y entrabas a la sala, daba igual tu edad y el género de la cinta.

Siempre sesiones dobles y continuas, entrabas a eso de las cuatro de la tarde y salías sobre las siete y media y había disfrutado de dos películas seguidas, con tan solo unos minutos de descanso entre una y otra, como digo, los géneros eran variados, podías tener una de artes marciales y luego una de terror, la mayoría eran lo que hoy llamaríamos con mucha magnanimidad serie B.

Recuerdo ver a los niños y no tan niños, si la primera había sido de artes marciales, en el pasillo del cine dando saltos y golpes al aire imitando a los héroes de la cinta. Luego una campana te avisaba que debías volver a entrar: empezaba la segunda proyección. Entonces, lo mismo se llenaba la pantalla de asesinos, vampiros o monstruos similares, que con nuestra inocencia sentíamos un terror profundo que ahora volviendo a visitar aquellas películas parece algo risible pasar miedo con aquellas escenas, pero sin duda, esa era la magia.

Cada fotograma te sorprendía y te atrapaba y cuando finalizaba la segunda y se encendían las luces regresabas a tu mundo, tras haber vivido mil aventuras, luchar con el malo mano a mano o haberte librado del monstruo en el último segundo.

Ahora no, pero en aquel tiempo disfrutabas de cada fotograma y salías de allí, habiendo gastado unas 120 pesetas, vamos, ni un euro entre entrada y algo de picar.

Regresabas a casa al trote, eras más feliz, durante horas las imágenes quedaban en tu mente. Puede que fuésemos más inocentes, pero a mí me daba fuerza y ganas de enfrentar la siguiente semana: otra vez la procesión a los carteles y la difícil decisión de que cine sería el afortunado.

Algún año más tarde se hicieron populares los maratones, en los que por una entrada tenías la emisión en cadena de cuatro o cinco películas del mismo género, el más popular, sobra decir que era el terror, un asesino sin piedad, luego un vampiro sediento, después un monstruo y podías finalizar con un poseído por el diablo. Salías del lugar con la mente saturada pero con horas de diversión.

Muchas de aquellas películas eran, o bien las que crearon las pautas de un subgénero o bien explotaciones de títulos famosos, a la cabeza de estas últimas las de producción italiana y española que se apuntaban al carro del último éxito del cine de Estados Unidos que había roto taquillas, zombis italianos y españoles, posesiones y monstruos clásicos interpretados a la mediterránea, pero daba lo mismo, las vivías con el mismo entusiasmo.

No eran lo que hoy llamaríamos grandes producciones pero su espíritu, el compromiso de sus creadores en hacer algo para que el público disfrutase era lo que nos encandilaba. Por eso los de mi generación tratan como cintas de culto lo que hoy ven como cine cutre o casposo, sin saber que nos descubrían emociones nunca imaginadas, no importaba que una de zombis fuese de su creador George A. Romero o de los que se habían subido al carro de ese éxito, como Lucio Fulci, Bruno Mattei, Jorge Grau, Amando de Ossorio e incluso de mi paisano Juan Piquer Simon.

Todas y cada una poseía una atracción especial y única, nos dejaba pegados a la pantalla y salías sabiendo que habías disfrutado de un trabajo artesanal y sin las influencias de las grandes productoras que limitan al los creadores en aras del producto final y la taquilla.

No quiero decir para nada, que en aquel tiempo todas eran buenas, no, pero hasta las más malas tenían algo especial que ahora, muchas veces, no encuentro; solo viven de crear productos repetitivos ( ver, secuelas, remakes, etc).

En resumen, ir al cine era toda una aventura y una ilusión disfrutando cada fotograma como si fuese el primero que veíamos, como aquellos que alucinaron con la llegada del tren  de los hermanos Lumière. El asombro al comenzar la sesión era mayúsculo, puesto que no conocíamos nada de la posible trama o escenas sorprendentes. Solo conocíamos un pequeño resumen (Rocky era de boxeo, Rambo de acción, …). La magia era total, los ojos salían de sus órbitas cuando se había hecho oscuro en la sala y comenzaba la cinta, tras los necesarios anuncios que terminaban con la gran frase «visite nuestro bar»

Ahora, con los años he sido consciente que me daban a paladear muchos filmes que salían de la mente de un director necesitado y de un productor que buscaba acercarse al último éxito de taquilla, pero ¿sabes? Me da igual, yo recuerdo lo que gocé en cada visita a aquellos santuarios de la imaginación en celuloide. Desde hace muchos años no he vuelto a sentir lo mismo que en aquel tiempo, me da igual que las pelis sean más rimbombantes, con mejores efectos o con actores millonarios, nunca podrán igualar la sensación de entrar en un mundo desconocido y dejar abierta la mente para que la manipulasen a su antojo con mi total beneplácito. Puede que no todo tiempo pasado sea mejor, pero os lo aseguro, era más mágico. Cada incursión al cine era toda una sorpresa.

Escena de Cinema Paradiso

 

Javier Vilar García.