Cuando el cine era sorpresa

 

 

 

Hoy, como otras veces, he leído por redes sociales, noticias sobre una película que va a ser estrenada el próximo año. Eso me ha hecho reflexionar, retrotraerme a mi adolescencia, cuando nada de eso existía, me refiero a, los hoy añorados años ochenta, época en la que no podíamos ni imaginar todo lo que sucede hoy.

Cines de barrio de reestreno

Recuerdo muy bien, que en mi barrio, uno de las afueras de Valencia, teníamos nada menos de cuatro cines de los que se llamaban «de reestreno»  lo que significaba que  era filmes que habían sido estrenados meses antes y que ya su periplo por los cines importantes había terminado, dado que la inmensa mayoría de títulos no eran lo que hoy llamaríamos «blockbusters»  ni grandes producciones, esa era la sorpresa, para conocer lo que que programaban solo teníamos la opción de acercarnos al edificio en cuestión, algo así como una peregrinación por los diferentes cines a ver los carteles. (Luego descubrí que cerca de mi casa tenía de vecino a un pintor que se dedicaba a hacer los grandes carteles para los cines de mi ciudad, pude contemplar como pintaba uno de Rambo III). Aquellos carteles, como después los del videoclub, eran muy llamativos, impresionantes mezclas de alguna escena importante, las caras de los protagonistas y el título escrito con grandes letras. Bajabas la mirada y al lado de la taquilla aquellas instantáneas de un fotograma de la película con el título pequeño al lado.

Cartel de la película

 

No podías consultar nada de la cinta en cuestión, solo podías confiar en esos carteles y reclamos, seguir tu instinto, esperar que no fuese engañoso, cosa que no era raro, solo estabas algo más seguro si conocías al protagonista; de aquel tiempo te fiabas de Jackie Chan, Stallone, Arnold, Chuk Norris, etc. También confiabas en el boca a boca y cosas similares.

La entrada en aquellos lugares era algo así como una ceremonia, te cortaban la entrada y llegabas a una sala, que era, o al menos en mi niñez parecía, enorme, flanqueada de carteles de películas ya exhibidas, que admirabas y de las próximas que mirabas con ansia, luego el paseo por el bar del lugar, donde los que como yo, íbamos algo justos de dinero, nos mirábamos los bolsillos para ver lo que podíamos comprar, no se llevaban las palomitas ni nada caliente, solo podías optar por refresco (la cola era prohibitiva para mí y optaba por la gaseosa, lo más barato) y frutos secos o algún tipo de «snack», aparte era cuando tu madre te había preparado la merienda con un bocadillo que degustabas sin pudor en medio de la acción de la película.

Por supuesto las clasificaciones estaban para saltarlas, tú habías pagado y entrabas a la sala, daba igual tu edad y el género de la cinta.

Siempre sesiones dobles y continuas, entrabas a eso de las cuatro de la tarde y salías sobre las siete y media y había disfrutado de dos películas seguidas, con tan solo unos minutos de descanso entre una y otra, como digo, los géneros eran variados, podías tener una de artes marciales y luego una de terror, la mayoría eran lo que hoy llamaríamos con mucha magnanimidad serie B.

Recuerdo ver a los niños y no tan niños, si la primera había sido de artes marciales, en el pasillo del cine dando saltos y golpes al aire imitando a los héroes de la cinta. Luego una campana te avisaba que debías volver a entrar: empezaba la segunda proyección. Entonces, lo mismo se llenaba la pantalla de asesinos, vampiros o monstruos similares, que con nuestra inocencia sentíamos un terror profundo que ahora volviendo a visitar aquellas películas parece algo risible pasar miedo con aquellas escenas, pero sin duda, esa era la magia.

Cada fotograma te sorprendía y te atrapaba y cuando finalizaba la segunda y se encendían las luces regresabas a tu mundo, tras haber vivido mil aventuras, luchar con el malo mano a mano o haberte librado del monstruo en el último segundo.

Ahora no, pero en aquel tiempo disfrutabas de cada fotograma y salías de allí, habiendo gastado unas 120 pesetas, vamos, ni un euro entre entrada y algo de picar.

Regresabas a casa al trote, eras más feliz, durante horas las imágenes quedaban en tu mente. Puede que fuésemos más inocentes, pero a mí me daba fuerza y ganas de enfrentar la siguiente semana: otra vez la procesión a los carteles y la difícil decisión de que cine sería el afortunado.

Algún año más tarde se hicieron populares los maratones, en los que por una entrada tenías la emisión en cadena de cuatro o cinco películas del mismo género, el más popular, sobra decir que era el terror, un asesino sin piedad, luego un vampiro sediento, después un monstruo y podías finalizar con un poseído por el diablo. Salías del lugar con la mente saturada pero con horas de diversión.

Muchas de aquellas películas eran, o bien las que crearon las pautas de un subgénero o bien explotaciones de títulos famosos, a la cabeza de estas últimas las de producción italiana y española que se apuntaban al carro del último éxito del cine de Estados Unidos que había roto taquillas, zombis italianos y españoles, posesiones y monstruos clásicos interpretados a la mediterránea, pero daba lo mismo, las vivías con el mismo entusiasmo.

No eran lo que hoy llamaríamos grandes producciones pero su espíritu, el compromiso de sus creadores en hacer algo para que el público disfrutase era lo que nos encandilaba. Por eso los de mi generación tratan como cintas de culto lo que hoy ven como cine cutre o casposo, sin saber que nos descubrían emociones nunca imaginadas, no importaba que una de zombis fuese de su creador George A. Romero o de los que se habían subido al carro de ese éxito, como Lucio Fulci, Bruno Mattei, Jorge Grau, Amando de Ossorio e incluso de mi paisano Juan Piquer Simon.

Todas y cada una poseía una atracción especial y única, nos dejaba pegados a la pantalla y salías sabiendo que habías disfrutado de un trabajo artesanal y sin las influencias de las grandes productoras que limitan al los creadores en aras del producto final y la taquilla.

No quiero decir para nada, que en aquel tiempo todas eran buenas, no, pero hasta las más malas tenían algo especial que ahora, muchas veces, no encuentro; solo viven de crear productos repetitivos ( ver, secuelas, remakes, etc).

En resumen, ir al cine era toda una aventura y una ilusión disfrutando cada fotograma como si fuese el primero que veíamos, como aquellos que alucinaron con la llegada del tren  de los hermanos Lumière. El asombro al comenzar la sesión era mayúsculo, puesto que no conocíamos nada de la posible trama o escenas sorprendentes. Solo conocíamos un pequeño resumen (Rocky era de boxeo, Rambo de acción, …). La magia era total, los ojos salían de sus órbitas cuando se había hecho oscuro en la sala y comenzaba la cinta, tras los necesarios anuncios que terminaban con la gran frase «visite nuestro bar»

Ahora, con los años he sido consciente que me daban a paladear muchos filmes que salían de la mente de un director necesitado y de un productor que buscaba acercarse al último éxito de taquilla, pero ¿sabes? Me da igual, yo recuerdo lo que gocé en cada visita a aquellos santuarios de la imaginación en celuloide. Desde hace muchos años no he vuelto a sentir lo mismo que en aquel tiempo, me da igual que las pelis sean más rimbombantes, con mejores efectos o con actores millonarios, nunca podrán igualar la sensación de entrar en un mundo desconocido y dejar abierta la mente para que la manipulasen a su antojo con mi total beneplácito. Puede que no todo tiempo pasado sea mejor, pero os lo aseguro, era más mágico. Cada incursión al cine era toda una sorpresa.

Escena de Cinema Paradiso

 

Javier Vilar García.

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