«Una nueva historia» Capítulo 4

¿Cuántas veces nos hemos arrepentido de nuestro errores? Sin embargo, son parte de nosotros. Cuando descubres la verdad todo cambia…o no.

Espero que esta historia no os esté haciendo perder el tiempo y que disfrutéis hasta el final de ella. Gracias, como siempre, por vuestro apoyo incondicional.

Un fortísimo abrazo. Os quiero 3000.

¿Cuatro?

Si sumas cada uno de tus errores, el resultado te dirá quién eres.

Conoces esa sensación, esa que os dice y os perjura mentalmente que no lo volveréis a hacer. Sin embargo, pasada una semana, los cubatas caen como moscas en una convención de insecticidas y maldices tu putrefacta fuerza de voluntad…como a todos aquellos que consumen Tele5. Así me sentí cuando abrí los ojos y mi cabeza se había convertido en la gigantesca London eye, dando vueltas sin parar en un Gif eterno. Y lo peor es que eso no era todo.

Recuerdo como me incorporé, acompañado por el dolor intenso en mi hombro y la tensión despertada en tan solo un instante de consciencia. La voz, esa pregunta macabra desapareció. ¿Sería una alucinación?¿Qué me estaba pasando?

Me di la vuelta, de cara al suelo y mezclé la rugosidad de mis dedos con la tierra mojada de aquel hoyo para ponerme de pie. Respiré profundo y tosí tanto o más que un pobre enfermo en fase terminal. Al segundo intento, pude clavar mis uñas entre unas pequeñas piedras que había alrededor de la tumba y salí de allí temblando. Cuando alcé la vista, sobre la cabecera de aquella “cama eterna”, sin tiempo para asimilar todo lo que me estaba ocurriendo, lo imposible volvió a sacudirme por dentro las entrañas. Aquella tumba tenía dueño, y ese era yo. Con letras rojas sobre un cartel de madera blanca y agrietada, mi nombre descorrido conformaba una cruz sobre una estaca de hierro enterrada en la tierra, como cada una de mis esperanzas a no perder la cabeza.

Con un leve balanceo, de izquierda a derecha, mis ojos escanearon el terreno, esperando la típica voz de un malo de película que se presentara y me contara porque estaba pasando todo aquello y el por qué lo hacía. La respuesta fue tan sólida como los penetrables rayos de sol sobre las nubes otoñales que me observaban…SILENCIO.

¿La soledad es más terrorífica que la compañía de la ignorancia o la falsedad? Sinceramente, no lo sé. La filosofía no es lo mío y mucho menos los putos juegos mentales en los que estaba metida mi mente en aquellos instantes.

‒¡Verónica! ¿Por qué?

Ahora cierro los ojos, y ese grito y esa pregunta, todavía siguen retumbando en mi cabeza. Nunca hice daño a nadie, por ti, hoy en día, sería capaz de pisotear el quinto mandamiento y pasármelo bomba destrozando cabezas con un puto lápiz a lo John Wick.

Mi madre siempre me decía lo mismo: “Quien te quiere bien, te hará sufrir”. Y yo le respondía: “Tú me quieres y no me haces nunca ningún daño”. Su respuesta fue lapidaria: “Yo jamás te querré, porque yo te amo. Mi vida te la traspasé en el mismo instante en el que te pusieron sobre mi pecho y supe que nunca más sabría lo que sería amar a nadie por encima de ti”.

¡Joder con las madres! Tienen la maravillosa habilidad de dejarte en calzoncillos con un toque de su corazón. Si escribo todo esto, no es porque en aquellos momentos de soledad y miedo, me acordara de ella. La respuesta a este pensamiento me la dieron las tumbas que estaban alrededor de la mía…Tres, concretamente. La de mi madre, Elisa; la de mi padre, Ramón y la de mi hermano, Carlos.

El resto, te lo puedes imaginar. Incomprensión, pavor sin mesura, microinfartos a la velocidad de Flash. La locura se desató en mi interior como si fuera la reencarnación del mismo Vesubio. Vomité, sí, no lo voy a negar, esa fue mi primera reacción. La segunda, tras restregar los restos del bocadillo de pavo que me comí antes de empezar esa maldita travesía macabra sobre mi chaleco azulado, fue instintiva. Me convertí en un perro tras su hueso enterrado, escarbé la tierra con mis manos con tanta fuerza que no me importó si quiera que la mitad de una de mis uñas saltara imitando la trayectoria de la latilla de un tercio. El sudor brotaba en mi frente con energía y se mezclaba con la tierra de mis dedos al intentar secarla. Mi respiración se entrecortaba entre la fulgurante mezcla de mis gemidos y las súplicas por no hallar los restos mortecinos de mis seres queridos.

Fueron los segundos más largos de mi mísera existencia, hasta que noté algo extraño entre aquel barrullo de arenisca, piedrecitas y mala hierba. Paré, mi gesto de extrañeza y pánico se congelaron, parecía un envoltorio de plástico, y dentro de él, una carta, un sobre dirigido a mí…”¿Qué cojones? ‒pensé”.

Poco a poco y con sumo cuidado la saqué de su prisión. Moví la cabeza de un lado a otro, cerrando los ojos en el proceso, no dando crédito a lo que veía. Y ahora que lo pienso, despreocupándome si en las otras dos tumbas, estaban mi padre y mi hermano. Al abrirla, no encuentro explicación hoy día, supe que era tuya, a pesar de la incomprensión más absoluta por todo lo que estaba pasando a mi alrededor. Como si tu aroma aún rezumara entre los pliegues de esa hoja escondida y los hubieras tatuado sobre el papel al restregar tus muñecas. Desgraciadamente no me equivocaba, era tu letra, tan característica, con esas eses alargadas y esas as tan perfectas y redondeadas.

Apenas unos segundos antes, creí que no se podía sufrir y experimentar un horror tan grueso, tan burdo y basto como cuando te duele la garganta y ves las estrellas al tragar simplemente tu propia saliva. Como siempre, como todos los seres humanos de esta tierra, me equivocaba al creer que lo sabía todo. Aquellas palabras despellejaron cada porción de la que está compuesta mi existencia y ya no me importaba si alguien o algo estaban jugando conmigo en mis últimos segundos, minutos o horas de vida.

Me odié y me odio con toda mi alma desde entonces. Nunca me lo perdonaré.

La empatía no es una obligación, es un don muy particular. Para mí es un superpoder, de esos que están tan de moda hoy en día. La pena es que está en peligro de extinción y no sabemos la manera de volver a recuperarla. No es un fósil que se pueda mutar como los dinosauros de Jurassic Park o la oveja Dolly. ¿Puedes imaginarte como se sintió Juanma cuando leyó la carta? Tómatelo como un ejercicio, para probar tu nivel y capacidad para ponerte en la piel de otro ser humano. Sus dudas, sus pesare, sus sufrimientos y sus…errores.

  1 Comentario

  1. Mónica Covacho   •  

    Coño! Y que pone en la puñetera carta!! Que intriga más grande. ‍♀️‍♀️‍♀️. Desde luego eres único para mantenernos en vilo, querido Oscar.
    Hasta la semana que viene, pues!

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